LA AXARQUIA, NO APTA PARA CARDIACOS



En cuanto el antropólogo ciudadano se atreve a concurrir al circulo de ofertas explicativas para el gran público, se ve emplazado a elegir entre dos vías: la de convertirse en cómplice de la trivialización generalizada que impone toda suerte de tertulianos y opinadores profesionales, o la de complicarse la vida empeñándose a complicársela heurísticamente a los demás.
¿Debe el antropólogo refugiarse en los territorios académicos y afines, únicos en los que puede resultar audible un pensamiento como el suyo?, por contra, ¿debe correr el riesgo del golpe de mano intelectual, convencido de que lo que él no diga, no será en absoluto dicho?




En la Axarquía, y en cualquiera de sus esquinas, se puede encontrar uno de todo, como igualmente asombrarse con su cotidianidad inmersa en el fondo limitado de una chapa de coca cola.
Sin temor a equivocarme, puedo decir, que la comarca es el propio cuento de "las mil y una noches" o la historia del nunca acabar hecha realidad.



En una callejuela de Daimalos (Arenas), y en uno de sus recovecos existe un sitio que según expresión o modo de hablar llano de los del lugar, hay que echarle "cojones" para pasarlo de lado a lado, de extremo a extremo, a solas y de noche. De él se dice que guarda los cuerpos de dos amantes emparedados y para más inri, de un cura y su beata amante.

La última luna llena del pasado mes, ahí me vi, y me las vi con aquello que me gustaría, de mil amores, se topasen todos los lectores anhelantes buscadores de pasiones fuertes, para que revivan en su propio "pellejo" e intransferible espíritu, la experiencia de lo irrevivible: el canguelo.

Entre las singularidades de practicar en la Axarquía la antropología como disciplina, acaso deba destacarse la conciencia que en ella se suscita entre pautas epistemológicas y premisas deontológicas. Así, el relativismo, el recurso constante a la comparación en la comarca o la naturaleza personal de la relación con su objeto constituyen estrategias en la percepción y en la interpretación de datos tanto como fuente de un tono moral que imprime la propia experiencia civil del antropólogo.

El viajero del conocimiento en la Axarquía, se encuentra con que su predisposición a detectar inercias es dificilmente practicable fuera de su ámbito profesional, puesto que un conocimiento de inclinaciones cínicas y negativas como el que resulta de su trabajo por estas incomprendidas y para nada estudiadas tierras, está condenado al malentendido.

Entender a los otros: he aquí el lema básico y el empeño arduo del viajero en la Axarquía. Probablemente un esfuerzo más valioso que el precepto, tan sujeto a retóricas ambiguas, de amar a esos otros cuya extrañeza los distancia de nuestros prójimos próximos. Para tal empresa es necesaria en la ruta del viajero: tolerancia y respeto hacía sus modos de pensar y crer, y un cierto escepticismo, el no pretender un monopolio de la verdad.


Los otros en la Axarquía tienen "otras" interpretaciones del mundo y lo divino. La verdad de los otros en la comarca que primero se manifiesta... es la sombra de la incertidumbre que nos inspira nuestra propia relación con la verdad.
Hay que reformar la perspectiva en la Axarquía. No buscar la explicación de una forma de vida en ella, sino comprender su sentido. Se trata de agudizar la mirada hasta ser capaz de ver las conexiones --esto es, las semejanzas y diferencias-- de lo que se nos presenta como ajeno con lo propio.
La atención a lo diferente en la comarca revierte, a su vez, sobre nuestra autocomprensión. Recordemos que las civilizaciones regidas por el entendimiento tienden a separarse del fundamento original de la vida cercenando el ser hombre como animal ceremonial, como ser que usa símbolos para expresar deseos, sentimientos o saberes. Tales prácticas no dependen de creencias sino que apelan a tendencias que advertimos en nosotros mismos como posibles. Lo profundo no es lo excelso sino lo fuertemente enraizado en el pecho de la Axarquía. Podemos auscultar en los otros o en nosotros mismos pensamientos o impulsos contrapuestos, como el miedo.
Lo cierto es que este espacio de Daimalos, anteriormente nombrado, que responde al nombre de "la hechicera" y, es un tapial más que curioso, en el que a todas luces podemos comprobar que cierra una entrada o acceso a la antigua edificación, templo o mezquita.

Curiosa es la Axarquía, y más aún para un antropólogo racionalista de la escuela positivista escandinava, donde aquí se le trastruecan sus bases académicas y "funde" los fusibles. Lo sorprendente, lo siniestro, lo profundo por estos pagos malagueños es que esas posibilidades como el terror nos constituyan, Lo asombroso es, más bien, que no las hayamos aún racionalizado y llevado a cabo. O lo que es lo mismo: alcanzar el conocimiento a través del miedo.

Por

Eduardo Arboleda Ballén
antropólogo
earboled@teleline.es