AÑO 2005. EVOCACIONES

1

Nuevo año 2005. Aquellas Navidades. Noche Buena. Misa del Gallo en la iglesia fría. Cardo y guirlache domésticos. Cena en casa de la abuela María, cerca del riachuelo que en 1157 era regail y ahora, casi nadie lo nombra, Pilero. La abuela María, ella, menuda, de la amplia familia de los Lázaro, alias Cabreras. La mujer fuerte y hacendosa y bíblica. Aquella cena alrededor de la abuela y el abuelo Perico, la dignidad, la prestancia andando. Allí los tres hijos y algunos nietos que llegábamos poco antes y poco después de la Guerra. La abuela María, Cabrera, con su gayata subiendo costeras. A la era, cerca de S. Jorge, donde todos trillaban los trigos de todos, sudores y fatigas, a la era, apenas si llegaba la suave cojera de la abuela María. Apenas, a la escondida casa de Florencio, el hijo mayor que le empezó a dar nietos cada dos años. La toca de la abuela María, la mantilla. Las sayas arrastrando por las calles de polvo y barro.

2

El Morral. Aquella despensa móvil a la bandolera que lo mismo servía para el transporte del almuerzo y la merienda pastoril que para albergue transitorio de las piezas de caza. Antecedente de las mochilas escolares y de la del profesor de lengua.

El morral del cazador de la aldea donde se guardaban los trofeos de pelo o pluma. De piel de cordero o de paño. La de la caza es otra faena que se suma al trabajo hercúleo de una agricultura primitiva. Años cuarenta del pasado siglo.

El morral, vehículo de reposiciones alimenticias esperado con ansiedad por la mujer del cazador que desplumaba y despellejaba con habilidad. El placer del perdigacho en escabeche, el banquete de unas patatas con liebre o de una liebre con patatas. El gozo infantil en el instante sublime de abrir el morral y depositar en aquel patio empedrado tres perdices, dos liebres y un conejo. La frustración cuando la jornada había resultado fallida. El morral .

3

El candil. Un cubilete de latón con salida acanalada en un extremo. Objeto minúsculo. A veces, la tenue energía embarcada desde el pequeño generador de Albalate del Arzobispo no llega a la sierra. Ya ha venido la luz, aún no ha venido la luz, no sé cuándo va a venir la luz, vaya, otra vez se ha ido la luz. Para esas circunstancias, tan frecuentes, está la esencia del candil, remedio cotidiano. Cuando avanza la penumbra y no se enciende la bombilla, allí está dispuesta la mecha algodonosa del candil bañada en aceite de oliva, tal vez de Belchite, para iluminar las sombras de la casa. Era la luz-móvil que se paseaba por las dependencias humanas y animales. Lo mismo ilumina el parto de una res que la masada al alba de la dueña de la casa. El humilde candil. El candil .

4

El agua del Canal Imperial del Ebro no es saludable. Apenas salubre. El urbanita viejo, que sabe de aguas insípidas como corresponde a las aguas verdaderas, coge el carro de la compra en busca de cuatro cinco litros de agua mineral en bidones de plástico. Arrastrar en carro de dos ejes, cuatro, ruedas, veinte kilos de agua que empiezan a pesar tanto como los años.

Y recuerda. También iba por agua a la fuente, que no al super, Que los cántaros no eran de plástico. El plástico no había entrado en nuestras vidas. Eran cántaros (grandes) y botijos (pequeños, a veces con rallo) y botijas, más claras y con pitorro. Barro cocido en los hornos de Huesa. Por agua a la fuente, que no al supermercado. Hombres, mujeres, niños y niñas. Una de las tareas más pesadas de de las buenas gentes de mi lugar. Sobre todo para los que vivían en el barrio del Castillo. Que tenían que subir, subir, subir. Repetir, repetir, repetir. Sin ruedas. Suplicio de Tántalo, suplicio de Sísifo. Sola está la fuente sin cántaro que beba de su eterna generosidad. Sola. Los cántaros, ni existen. Sola la fuente, sola.

5

Los que bajan por agua pasan por el puente. Un puentecillo de juguete sobre el riachuelo que corre al Sur de la aldea. Todos bajan por agua para luego ascender por la costera en que duermen las casas. Unos más, otros menos. Depende.

El puente, como casi todo en el lugar, es una ensoñación. El puente se lo llevó no la riada, que también pudo suceder, sino la piqueta. Aquel puente es una ausencia que duele en el alma desde los años cincuenta del pasado siglo. Ausencia sentimental, ausencia cultural. El puente y el olmo adjunto que tampoco tiene rama que verdezca con la primavera. El puente y el olmo pronto empezaron a vaciar el alma de presencias.

6

La artesa. En el cuarto siempre en tiniebla. Apenas un rayo de luz natural. Bodega y despensa. La artesa, tronco de prisma invertido. Al fin, una caja de madera. Saca un pan. Vas, diligente, levantas con una mano la tapa suelta, mal ajustada y con la otra cogías el pan de cinta y lo llevas a la mesa. El pan nuestro de cada día, siempre blanco. En la artesa se guardaba el pan materno, el último eslabón de la cadena agrícola.

La artesa donde la madre, de madrugada y a la luz del candil, amasa la harina blanca traída del molino, con agua subida de la fuente. El brazo generoso fatigado de brega y de artrosis. Fatigado de revolver la masa, fatigado de fabricar nuestro pan. Una cuarentena cada masada. En aquella artesa vieja. Bendito pan. Bendita artesa. Bendita y heroica madre.


7

¿Había Reyes Magos en Olmeda de la Sierra para un niño de la Guerra? ¡Los niños de la Guerra! Hacía frío, mucho frío en aquella casa que se asomaba al Norte, a S. Jorge y a las eras que, con frecuencia, en estas fechas, aparecían nevadas. ¿Había Magos Melchores, Gaspares y Baltasares? Los padres, también los abuelos, decían que hay Reyes a los que tener contentos y dejarles condumio para ellos y sus caballerías. Magra era la ofrenda de sus Majestades que llegaba hasta aquellos lugares en aquellos tiempos. A veces, una barrita de guirlache. A veces, un caballo de cartón que ya era la repera. Llegan por la chimenea por la que también se cuela el viento silbando su heladura.

Curioso. Los niños de la Guerra nunca vieron a los Reyes colarse por la chimenea. Había que creer en ellos como se cree en los fantasmas que no existen. Los niños modernos y posmodernos ven Reyes Magos por todas partes. Pasean sin pudor por el asfalto y ya no se molestan en aterrizar invisibles por la chimenea, que, por cierto, solía vomitar humo cegador y asfixiante. No me explico cómo aquellas Magos soportaban el frío, el humo y la invisibilidad.

8

El cepurro también iba a la escuela. Pero sólo en el largo invierno. Los zagales y zagalas (término que en Olmeda de la Sierra poco tenía que ver con el rebaño y sí con los niños en general) acudían a la escuela con lapicero, plumilla para tintar, alguna enciclopedia, la Alvarez por más señas, y el cepurro. Que no faltara el cepurro. El tamaño del mismo era la marca distintiva de la categoría social. Algunos no arrastraban una tranca porque no cabía en la estufa de grandes vástagos de chimenea con recodos que orientan los humos a la salida de la plaza. El cepurro era la energía que daba calor a los niños de la posguerra.

Me malicio que la expresión es un cepurro, para decir es un tonto, viene del trozo de tranca aserrada con el que se alimentó la estufa de la escuela. Porque el cepurro iba a la escuela sin aprender. Algunos, ni cepurro podían llevar a la escuela. Jo..., fulano que cepurro. Cuánta tranca habrá en su corral.

Para que haya buenos cepurros se precisan buenas trancas, para que haya buenas trancas se precisa buenas astrales y sierras. Claro, para que los cepurros tengan calidad se precisan buenas carrascas. Y en Olmeda de la Sierra abundan las carrascas de calidad. Sobre todo en La Modorra. El cepurro también iba a la escuela.

9

El cesto de mimbre. De cuando en cuando, llegan los cesteros a Olmeda de la Sierra. A hacer cestos, claro, y cuévanos para la vendimia. El cesto más socorrido era el cesto con asa para llevar comida y almuerzo a los segadores. En esa ocasión, el cesto con el condumio, que podía ser cocido, se subía al serón de la caballería que, a su vez, se montaba sobre la albarda.

Con el mismo cesto del bracete, salen los azafraneros de madrugada hacia el corrico de zafrán, a recoger sus flores hermosamente frías y sencillamente coquetas. El espectáculo del campo de zafrán en las mañanas heladoras del mes de noviembre. El cesto de mimbre y caña que se va llenando de pétalos azul claro. El cesto de mimbre y caña. En estos tiempos desgraciados sin zafrán, el cesto, que ha viajado a la ciudad, a veces, sirve para salir al pinar a coger robellones. A falta de pan, buenas son tortas. ¿Qué hace un cesto en la ciudad de plástico?

Los cesteros hacen cestos, resguardados de la inclemencia, en la antigua fragua. Llegan con los mimbres cortados en las mimbreras que crecen en lugares húmedos. Son hábiles los cesteros porque quien hace un cesto hace ciento.

10

Manojo: Del latín vulgar manuculus. Haz pequeño de cosas que se pueden coger con la mano (rae). Manojo, en Olmeda de la Sierra, es eso, el manojo ordenado de espigas que las espigadoras consiguen de las pocas que los segadores abandonan en el tajo. Hoy, los manojos de espigas de trigo los venden como objeto de decoración. Son hermosos los manojos del postmodernismo que, a algunos, evocan todavía nuestro origen rural. Pero los verdaderos manojos, la caña a una parte, las cabezas a otra, eran los que las mozas espigaban en el tajo y guardaban en el granero como trofeos. Hoy, son los manojos del consumismo. Entonces, eran los manojos de la pobreza. Eran manojos bíblicos de la espigadora Ruth

¿Para qué aquellos manojos? Su destino no era la parva bajo el trillo. Alegran la vida y de las gallinas. Exquisito manjar para sus buches. Picoteo de las espigas para alcanzar el grano.


11

El caballo de emborrar o emborrizar. Era un caballo peculiar. No era el caballo de Troya, ni Baviera, aunque un poco sí se parecía a Clavileño donde cabalgaron D. Quijote y Sancho por espacios siderales antes de que se inventaran los viajes espaciales. El caballo de emborrar era de madera. Su cabeza, una carda fija por la que un zagal pasa otra carda móvil. Entre las púas de ambas, lana bruta para afinar pasando y repasando. Cuestión de paciencia. La lana recibe así la primera carda que luego es recibida por los cardadores de primera especial que dejarán la lana como la piel de una niña virgen, suave como el algodón, blanca como la nieve. Lista la lana para ir al telar. Emborrar para María Moliner de Paniza era proporcionar a la lana la primera carda. Pues eso.

12

La zoqueta. La metonimia de una agricultura primitiva con milenios de permanencia. Sin cambios de relieve, en Olmeda de la Sierra dura hasta bien entrados los años cincuenta. Una agricultura de subsistencia, exigente, heroica. La zoqueta. Compañera necesaria de aquella faena titánica que era la siega canicular. La zoqueta era una protección, generalmente siniestra, de la actividad de la diestra. La diestra corta con la hoz las espigas maduras que son recogidas en manojos por la siniestra, que se convierten en gavillas y las gavillas en fajos. La diestra cortando, la siniestra recogiendo. Parece que siempre ha sido así.

La zoqueta es un guante de madera terminado en punta. Próxima a la tal punta se abre un agujero, tal vez para evitar el agobio y el sudor a los dedos. En la parte opuesta, la ancha, dos agujeritos agarran la cuerda que sujetará la zoqueta a la muñeca.

La zoqueta que tengo ante mis ojos sobrevivió a mis antepasados. Efímera es la existencia del hombre al que sobrevive la zoqueta. La zoqueta familiar que tengo ante mí contrasta con el ordenador portátil y está llena de rasguños, heridas causadas por la hoz, que en Olmeda de la Sierra llamaban faz. Entrañable, esta zoqueta familiar.

Zoquete quizá sea un ingenuo que se expone al peligro mientras recoge las espigas cortadas. Tal vez. ¿Se me entiende?


13

Bacía. Hay bacías famosas. Bacías para barbas que se afeitan que, en un pis pas, se convierten en yelmos famosos para cabezas alocadas que perdieron su defensa en batallas descomunales. Son baciyelmos para caballeros andantes de Triste Figura sustraídos a barberos de barbas.

Hay bacías y bacías. Hasta dudo que el Sr. Carbó, que subía desde Loscos a rasurar la barba semanal de los hombres de Olmeda de la Sierra, viajara con bacía que hubiera podido servir de yelmo a cualquier andante caballero. Lo dudo.

Hay bacías y bacías. Para bacía una variedad de pequeña artesa en la que comían los cerdos. Encerrados en la choza, ya gruñen porque barruntan la hora. Se les da libertad para que vuelen a la bacía repleta de hechura, sus farinetas, su puré de salvado. ¡Qué avidez! Se diría que aquellos tocinos no habían comido en su vida.

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Merar. Que, según los diccionarios al uso, quiere decir mezclar líquidos, como por ejemplo vino con agua, En Olmeda de la Sierra es lo mismo que marcar a las reses, que siempre son ovejas, con el hierro familiar. La señal distintiva del rebaño estaba hecha en hierro a la que se le unía un mango. Se unta en pez ardiendo para aplicarla a la lana del animal por encima de la barriga.

La mera, a veces, era una o varias letras que respondían a las iniciales del nombre y apellido del dueño del rebaño. Siempre hubo rebaño por casa. Y por allí estaba la mera y el caldero en el que ardía la pez. Una herradura era la marca del rebaño. ¿Por superstición? No creo.

El día de la mera es un día especial. La paridera, el corral se llena de balidos. Una fiesta. Como el día del esquilo.


15

El balar de las reses era de todos los días. Pero, sobre todo, el balar era un concierto de voces varias en época de cría. Los mansos y graciosos y blancos corderillos quedaban en el llamado cubierto del corral mientras sus madres y padre-mardano acudían a los pastos yermos y rastrojos. Largas horas de separación familiar que cada miembro superaba como Dios le daba a entender. Los corderillos, en la ausencia, sueñan con la dulce y blanca leche de las ubres maternas. La oveja siente crecer su instinto al ritmo lento en los espacios campestres de los pastos. Una especie de ansiedad creciente invade el campo y la paridera. Un anhelo de reencuentro al crepúsculo.

Ya vuelve el rebaño. Los rebaños, diez, doce rebaños entrarán en la aldea al anochecer. Rebaños de muchos amos y de muchos corrales. Las calles se llenan de reses y de cagarrutas. En Olmeda suena el concierto vespertino de balidos adultos e infantiles. Y en ese totum revolutum de ovejas y rebaños diversos y balidos sueltos y encerrados, llega el milagro del orden y concierto. El milagro del destajo. Cada oveja a su casa. Los despistes son los menos. Los balidos al máximo y el revuelo de corderos buscando madres y ovejas buscando hijos, infinito. Y silencio. La ternura, la entrega materna es callada. El mardano, que hace tiempo terminó su labor, indiferente al espectáculo. Insensible y egoísta.

16

Hace frío en Olmeda de la Sierra. Nieva en el lugar. De las canales del tejado de teja árabe llueven carámbanos que casi llegan al suelo. En la aldea los llaman caramelos. El agua acristalada, el hielo. Era digno de verse. El frío se apodera del espacio y el tiempo. Meses de frío siberiano. El frío se hospeda con el máximo descaro en aquellas casas. No hay forma de cerrarle las puertas y ventanas, ni los resquicios tantas veces aparentes. Se enciende el brasero alimentado con carrasca. No hay peligro de mala combustión. La casa está perfectamente aireada. Se enciende el hogar, primero con ramera (de rama) y después con enormes trancas. Siempre leña de carrasca y, en ocasiones, de estepa-jara. Cuando llega la noche, no falta el calorífero, aquella botella de cerámica que se llena de agua hirviendo para calentar los pies en la cama. En ocasiones, era un ladrillo. Es difícil ahuyentar el frío. Allí están las ovejas en el cubierto que, entre todo el rebaño, desprenden un calor animal arrebujado, que tan poco está mal para seres humanos. Total, qué mas da animal racional o irracional.

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Estaban los fajos de mies segada. De trigo, de cebada, de avena. Los tres cereales que se siembran en los fríos campos de Olmeda. Los fajos de mies se amontonan en fajinas. Estaban los fajos de leña de carrasca y de estepa que se ordenan encima de las tapias del corral y forman los bardales. En el Quijote se llaman bardas por donde asoma Sancho manteado para asombro de su amo que asiste al espectáculo jinete en su Rocinante. El malvado caballero se fue sin pagar al dueño del castillo, que era venta. Y es que, como a veces sucede, pagan justos por pecadores. Asombrado está D. Quijote viendo el ascenso y descenso de su escudero desde exterior de las bardas o bardal, porque el loco, ante el cariz que toma la ventura, pone pies en polvorosa. Pues eso, los fajos de leña de los bardades como los fajos de mies cereal se atan con fencejos, cuerda peculiar hecha de la caña y la espiga degrada de morcacho, otro cereal sembrado en los terrenos más fríos. Algún degradado bardal asoma en alguna tapia de algún corral que fue. Fajos de leña que mueren de viejos.

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La masada de la artesa, puesta en el cesto, enorme, ad hoc, de mimbre y caña, con dos asas, llega al horno. Uno de los edificios más nobles del lugar. Entre el horno y la esquina suroeste de la iglesia apenas unos metros. Los carros agrícolas, a veces, raspan las paredes sagradas de estos templos del cuerpo y del espíritu. Me inclino a pensar que la iglesia, agrandada hace justamente dos siglos, se excedió en su acercamiento al horno de pan llevar. Con ello se manifiesta que la fábrica del horno es más vieja que la de la iglesia actual.

Las mujeres trocean la masa en cuarenta porciones rechonchas de masa que adornan con una cinta. La guinda. Pan de cinta. Se calienta el horno con aliaga y estepa. Su turno. Ya le corresponde a fulana, que ha madrugado más, hornear la cuarentena de panes. Ya Máximo, el hornero por subasta, pone su pala en acción par introducir el material en aquella cueva misteriosa de fuego. El olor a pan tierno y blanco. La vista se recrea. Y el sabor. El final de un ciclo heroico. El pan que sale del horno. Cuánta fatiga. Pero qué alegría. El pan, en la artesa, se enfriará, se endurecerá, Tal vez se florecerá. El pan nuestro. Años, muchos, que el horno, como la fuente, llora su ruina.

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Las bestias juñidas para la labranza. Las parejas de burros y burras, mayormente, camino del tajo. Cuando el tempero lo pedía, labradores y jumentos se preparan para la labranza y sementera. La cama del aladro dispuesta. Planchuela, barrón bien aguzado, orejeras... El timón que se agarra en el jubo, la esteba en la que el labrador aplica sus manos y fuerza para dirigir y ahondar el surco. La estampa del hombre y las bestias abriendo surcos, peinando la tierra, envolviendo la semilla.

En Olmeda de la Sierra ya no van los cántaros a la fuente, ya no se hornea pan en el horno, ya no surcan la tierra los burros y las burras. Es curioso. Muchas parejas para la labor, no para el placer pro creativo, eran homosexuales. Sin ir más lejos, el bueno del tio Cipriano no admitía más que burros para sus campos y reniegos.

Las parejas juñidas hacia la labor es un espectáculo que se hurta a los tiempos que corren. El aladro al revés sujeto al jubo por la reja o barrón. La esteba al aire fresco. El timón arrastrado por calles y caminos, comido por el roce que, con el tiempo, parecía una cuchilla. El labrador con su yunta ahincando la reja en la tierra .

20

Las cazuelas de barro enormes. Misteriosas, milagrosas, redentoras del hambre en tiempos escasos. Allí, la matanza en conserva. Las costillas, el lomo, la longaniza celestial eran la reserva corporal de aquella vida sin excesos. Se ahogan en aquellas cazuelas grandes bocados exquisitos una vez pasados por la sartén en el fuego del hogar. Allí añejan su bondad.. Ya llegará el momento de ahondar el cucharón en aquel pozo del gozo. Aquellos bocados, recreo de la gula y la fatiga heroica de la siega.

La cazuela de barro enorme para el escabeche de perdiz y perdigacho sorprendidos a traición entre las nieves. Abatidos en lucha sin par entre vuelos y andadas por barbechos, yermos, carrascales y cumbres. Engañados con reclamos de jaula en una sinfonía de cantos amorosos y tragedias. La caza con reclamo cuando el invierno caía y las gallinas hermosas pasean sus nupcias por el campo.

21

Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros bravos sucesos que en la venta sucedieron(cap. XXXVI, 1ª parte de Quijote. Aquellos cueros, los enemigos del Caballero triste, con los que mantuvo sangrienta batalla. Descomunal.

En Olmeda de la Sierra, en aquellos tiempos, había pieles curtidas, cueros para depósito de vino tinto que se producía en las tierras altas y frías. Por allá por el Batán, palabra también cervantina(recuérdese la sin par aventura divertida de los batanes que puso el miedo en el valiente Sancho y alteró, hasta qué punto, las sensibles tripas de Sancho), había unas cepas, unos sarmientos, unos pámpanos y uvas para vino tinto. Aquellos cueros de piel de oveja que, repletos de caldo, semejan monstruos, y en Olmeda llámanse botos. Los botos de vino tiento, un poco ácido, que se llenan en el trujal para vaciarlo en las pipas o toneles domésticos. Para saciar la sed y alegrar el alma brava y campesina. Los botos y las botas. También había, claro, botas en el lugar. La bota, criatura, no fenecida, sirve para el trago directo. Cabe entre las manos y sirve su chorro con elegancia. Para el caso, también está el porrón y el tonelico con su fuente de caña biselada y freno del chorro tinto con ramita de tomillo oloroso. La bota hay que saber manejarla y nadie para ello como Sancho, el escudero, por los campos de La Mancha que podía competir, quizá con desventaja, con algunos vecinos de Olmeda que fueron.

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Los botos y las botas. Pero también los talegos y las talegas. En ambos casos, -o, -a no sólo son marcas de género sino de diferenciación léxica. Aunque talego y talega tengan rasgos significativos comunes, las peculiaridades respectivas hacen que sean términos distintos. Véase si no. La talega es un saco alargado que se llena de grano en la era para que pueda ser atravesado en la cabalgadura y en el hombro de los varones y de alguna hembra. Con qué garbo Aldonza Lorenzo, Dulcinea con nombre quijotesco, carga en el pollino el saco, la talega de grano. Porque la dulce Dulcinea, a ojos de don Quijote, se transforma en hombruna cargadora de talegas y en campeona manchega del tiro a la barra o el barrón. En los tiempos que corren, Aldonza-Dulcinea sería producto mediático a la que se engordaría con miles, tal vez millones de euros, a cuenta de su exhibición travestida. ¿Conseguirían las cámaras rescatarla de su retiro manchego? Las talegas, que iban con grano al molino y volvían con harina.

Y Sancho por los caminos de la Mancha lleva alforja y, quizá, dentro de la misma, el talego con el queso y la cebolla para su propio condumio y, en caso de extrema necesidad, también del de su amo. Dentro de la alforja estaría, seguro, la bota de vino tinto. Alforja y talego se llevan en Olmeda de la Sierra como en el gran Toboso de la Mancha. El talego con el almuerzo o la merienda que, a su vez, se guarda en la alforja del labrador o en el morral con que cargan los pastores todo el día.

El talego bendito, pequeño. La talega que baja de la era, que sube y baja del granero, que va y vuelve del molino.

24

El hogar es el corazón de la casa. El invierno es eterno. Allí están los bancos de madera alrededor del fuego donde se queman las trancas de carrasca. Hierve el puchero con los garbanzos y el tocino. Al fin de la jornada, allí se acomoda la familia para sentir la calidez del hogar. Para atizar el fuego. A veces, no si el cierzo o el regañón penetran por la chimenea y consiguen revocar el humo y suscita el picor en los ojos y la lágrima.

Los puestos de honor para los patriarcas familiares. Los más cercanos al fuego. El abuelo pelaire, entendido en lanas blancas, en el rincón del banco de la derecha. Un poco gruñón y diligente. La cabeza, como un vellón inmaculado. El padre, paciente, bondadoso y callado, de frente en el otro rincón. Los zagales se acomodan como pueden. La madre nunca tiene lugar a no ser para atizar el fuego o atender al puchero. La madre nunca encuentra lugar ni tiempo para el descanso. A veces, saltan las chamiretas de la brasa como estrellas musicales. Los duros asientos de madera se alivian un poco con almohadones alargados que llaman mariquillas. En el fuego del hogar se calienta el rostro y se enfría la espalda. Es una calefacción asimétrica.

25

Por S. Antón, la gallina pon. No había granjas modernas que aceleraran la puesta y la madurez del pollo. Allí, en Olmeda de la Sierra, no hay granjas modernas. Allí, está el corral y las titas, titas, titas que picotean entre el fiemo y duermen en unos palos ad hoc en un rincón del cubierto. Aquellas gallinas que dan huevos y, a veces, les entra la fiebre de la maternidad y se ponen cluecas y se pasan los días amparando y calentando una docena de huevos hasta convertirlos en pollitos y pollitas. Éstas se transforman en gallinas ponedoras. Aquéllos, se crían lentamente, muy lentamente. Meses y meses. Hasta la fiesta o cualquier acontecimiento. Hay un pollo privilegiado que se indulta para que sea el gallo del corral. El canto imperial y desafiante del gallo, su plumaje vistoso, su cresta palaciega. Y si había dos, las batallas sangrientas suscitadas por celos gallináceos. Nunca había paz en un corral con varios gallos. El gallo sube al bardal, se asoma a la Sierra y exhibe su canto real. Las gallinas, más discretas, con su picoteo eterno y su clo, clo, clo... hasta que se esconda el sol por Peñatajada y se acerquen las sombras. La hora de retirarse a descansar. A veces, sueñan las gallinas en el palo del gallinero. Rrruu, rrruu. Glogloglo... Rrruu. El gallo canta al amanecer. Apriessa cantan los gallos y quieren crebrar albores.


26

Por S. Antón el fulgor nocturno de las hogueras. La procesión de las bestias de carga alrededor de la iglesia, con plegaria incluida para que el Santo anacoreta las librara del mal. No hay mal de soledad en la Olmeda. Por ello, no existían las mascotas y animales de compañía prisioneros. Cierto, cierto los burros se atan al pesebre y las reses se encierran en el corral o en la paridera. Y la perdiz o perdigacho reclamos se encierran en la jaula. Son animales domésticos que ayudan a sobrevivir en la aldea. Aquella relación sin montagargas es compañía que aleja soledades urbanas.

Las hogueras de S. Antón. Las patatas a la brasa cuando el esplendor amaina. La hoguera de la plaza como la falla fuera de concurso de la plaza del ayuntamiento de Valencia. La hoguera más grande. La hoguera del callejón del tio Cipriano, en el barrio de El Castillo, la más pequeña, la más entrañable. La más alegre. Qué noche la de S. Antón para los zagales que, por el día, han arrastrado aliagas y maleza para aumentar la pira. Qué sencillez, qué humilde contentamiento, qué sobria plenitud.

27

Los animales domésticos. A los que sin duda se les proporciona un trato en función de los beneficios que reportan. La energía bruta de los jumentos y jumentas, pollinos y pollinas, asnos y asnas, burros y burras, machos(mulos) y mulas. Tenían que ser dóciles. Domar las rebeliones juveniles. Que tomen bien el trillo y no tiendan a la fuga de la parva. Que no deserten del yugo y del arado forzando a su pareja. Caballerías dóciles y trabajadoras son tesoros. La energía limpia y ecológica de las bestias incluidos los boñigos que se reciclan en sustancia fértil para los campos y hasta combinan con el salvado para la hechura de los tocinos. Alimento con mucha fibra. El pesebre colmado de paja y de cebada. Y, cómo no, de pipirigallo, forraje exquisito que llena los campos de color cuando florece en primavera.

Y la ceremonia de dar de beber a aquellos animales sedientos. Todo un rito. El agua no está en la cuadra. Ni menos sube hasta el barrio de El castillo. Hay que abrevar en los abrevaderos que se llenan del agua sobrante de la fuente. Aquellos tragos largos, enormes que dan tiempo a los mozos para pelar la pava con las mozas mientras se llena el cántaro en la fuente. Sincronía y sintonía entre cántaro y bestia abrevada, entre mozo y moza que no sé por qué secreta razón siempre se encuentran en la fuente y abrevador. Sin cobertura y sin móviles en aquella Sierra, siempre coinciden en el beber cántaros y bestias. Vaya usted a saber.


28

Los perros de la casa son más bien canes que echan una mano, más bien unas patas, al bienestar familiar. Pertenecen ellos mismos a la familia. Admirable su fidelidad, extraordinaria su disposición para el trabajo que se les encomienda. En general, son perros nada pijos ni señoritos. Son perros de entrega vocacional. Cuando el amo coge la escopeta y el morral, Estrella muestra de mil maneras su regocijo porque a ella lo que le gusta es el trabajo. La sintonía con el cazador es total. No es alocada como otros de la especie que, cuando la escopeta quiere darse cuenta, la pieza está fuera de su alcance. Estrella tiene ese sosiego indispensable, esa discreción, ese hacer el bien sin ruido que debe tener cualquier persona o animal que se dedique a la caza. Es una perrita admirable. Por los rastrojos marca de maravilla los ritmos de la presencia de la codorniz. Cada vez más intensos, aunque siempre discretos. Al fin, la muestra perfecta y segura. Como un clavo, como una alucinación y un éxtasis hasta que el cazador da la orden precisa para que el pájaro levante el vuelo. El disparo fácil. La pieza abatida y Estrella a buscarla entre la maleza. Y ese bocado amable, acariciador para no dañar la carne delicada de la codorniz.

Por los yermos, entre aliagas y tomillos, la muestra es para la liebre que da más trabajo porque, a veces, su salida hacia la cumbre no facilita el tiro. La liebre ya se esconde ya aparece entre los arbustos una y otra vez. Y, al momento, ya está fuera de tiro. Y hay que oír entonces los lamentos de Estrella porque la liebre se escapa. Los que más trabajo dan a Estrella son los conejos. Y es que los puñeteros se eclipsan entre zarzales y espinos y resulta punzante y heroico sacarlos a campo abierto. En fin, la vida de Estrella es dura como la del resto de la familia pero con esa felicidad del deber cumplido.


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A la familia pertenece también la perdiz o el perdigacho de turno. Siempre, dentro de la jaula cilíndrica acupulada, hay una perdiz, prisionera al servicio de la sociedad doméstica. En Olmeda de la Sierra, cuando la perdiz es del género masculino, recibe el nombre de perdigacho. Aquel perdigacho era admiración del contorno, sobre todo la envidia de los cazadores. Era el rey del yermo y de los carrascales. El ídolo y el cebo trágico que, con su cantar, convoca, entorno a su pedestal, a las perdices enloquecidas. Aquel perdigacho era una trampa mortal que llena de perdiz escabechada las cazuelas de la humilde despensa.Una pena y una necesidad. Una pena porque hurtar al campo la música de la perdiz y sus paseos en época de siega y de rastrojo al frente de sus pollos perdiganas es una tragedia. La estampa de la perdiz con su nidada colma el alma sensible de sencillas emociones campesinas.

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El gato, claro, tiene su función en aquella sociedad primitiva y de subsistencia, pero no más infeliz que la presente. Allí está a la hora de las comidas esperando que algo se descuelgue de la mesa de sus señores, los huesos, algún trozo de pan. Allí está en mala avenencia con el perro cuando de aliviar el hambre se trata. La disputa de una misma migaja es la causa de peleas dignas de la guerra de Troya. Digno de ver el enfrentamiento del perro y el gato. Éste descompone su figura que da miedo. Enarca el lomo, enfurece las orejas y el rostro. Todo su cuerpo se conmueve. Parece un felino de la selva. El can, aunque con más sosiego y seguridad en apariencia, no las tiene todas consigo. Al fin, después de unos segundos de malas caras y enfrentamiento inactivo, el gato, que ha visto las orejas al lobo, se dispara en veloz carrera hasta el bardal donde el gallo canta sus triunfos. Miradas asesinas, y aquí paz y después gloria.

Pero el gato es necesario en esta sociedad rural de seres humanos y animales domésticos. En la que no se admite a los ratoncillos de campo que pueden hacer estragos en la artesa del pan, en el granero de trigo o en la cebolla del zafrán. Por ello, el gato cazador, nada señorito, ni pijo, ni animal de compañía que acude con frecuencia a la peluquería de la esquina, a su centro de salud y hasta a su hotel de cinco estrellas, tiene un instinto avispado para descubrir la pieza. Y con qué discreción y sigilo espera la ocasión. Sus muestras cinegéticas semejan, a escala menor, a la del perro ante la liebre.


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El tocino, o los tocinos, siempre solía haber dos, era otra cosa. Son muchas las calorías que los tocinos prestan a los vecinos de Olmeda de la Sierra. Con pan y vino se anda el camino. Pero también con el tocino, el magro, el pernil curado, la güeña, la longaniza, el chorizo, las bolas, las morcillas, al adobo. Y la bochiga que es la pelota, el balón, el globo que divierte a los niños de la aldea. Desde la cabeza hasta el rabo todo es bueno en el marrano. El rabo, en el día glorioso de la matanza, se asa en el fuego que ha servido para depilar al animal una vez sacrificado. Es el aperitivo del almuerzo que se completará con unas patatas apañadas con la grasa de la inmolación. La subsistencia de la aldea pende de este animal entrañable. Pecado y condenación para otros ritos. ¿Por qué? Los gruñidos del tocino prisionero en la choza que es concierto exasperado cuando barruntan el almuerzo, la hechura, mezcla de salvado y agua y, tal vez, boñigos y, tal vez, pelarzas, peladuras de patatas. Se les abre la puerta de su choza y la carrera hacia la bacía repleta de almuerzo es carrera olímpica. Sólo para despachar su dieta sale el tocino de su choza o corte como la llaman en Castilla. Su palacio. Allí vive en su estrechez, sin apenas movimiento y ejercicio porque importa el magro pero no menos la grasa. El engorde. Acumular arrobas hasta que le llegue su S. Martín. Un buen día trágico y glorioso, épico, el animal, burlado, sale hacia su banquete diario y se encuentra con el ara del sacrificio. El tocino es un héroe que muere al servicio de la tribu.


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Se vive con animales que cacarean y pían, que cantan como el gallo y la perdiz, que gruñen, que ladran, que mayan, que rebuznan, que balan, y animales silenciosos, como el conejo, que va por la vida escondiéndose y pidiendo permiso para no molestar. Ovejas que balan que son las que más espacio ocupan en la humilde granja cuando no están paciendo por los campos yermos. A estos seres mansos los conduce y guarda el zagal ayudado del perro pastor que allí está para que no haya res que ni siquiera intente salirse del rebaño. En todo rebaño suele haber alguna cabra. Y éstas, más rebeldes que las mansas ovejas, sí suelen dar algún trabajo porque, ya se sabe, la cabra siempre tira al monte, y el choto, su par macho. Al monte de carrasca cuya hoja punzante es manjar caprino por excelencia. Y parece más alegre la cabra subida a la carrasca que la oveja rastreando pastos. Y el zagal, que con una caña se ha hecho una flauta, mata los tiempos eternos del pastoreo soplando alguna canción concordada con la música de los esquilos de su rebaño entre los que destaca el son más ronco del esquilo de mardano. Cada rebaño interpreta su música por los campos. Tantos conciertos como apriscos. El campo es música pastoril.